Qué poca importancia le pienso dar a la historia que he dejado para vivir al final de este espacio de tiempo que vivimos de manera inmensamente teatral, tiempos ficticios en los que sonrío por no reír sin parar solo porque me hace gracia ver que también soy humano cuando me quito la máscara los días en los que consigo terminar la función y permito que la gente se pueda meter en mis cosas.
Qué tiempo más mal escogido, pues solo deja tiempo para que se escuchen únicamente los aplausos finales. Esos incontenibles aplausos que provoca una buena representación que se desenvuelve dentro del marco de una obsoleta realidad que nació de sueños demasiado largos, pero que nunca dejaron de querer marcharse por culpa de no querer compartirlos con quien se muere por ayudarte a no despertar jamás de tu sueño más preciado, uno en el que corres cuanto necesitas hacia metas establecidas fuera del mapa de tu existencia unida a tu destino.
Qué poca importancia tienen las cosas importantes cuando no aciertas a saber que lo son, pues la nueva ceguera de nuestra era es aquella que solo nos permite ver.
Lo importante ahora se importa, habiendo dejado de crearlo con la ayuda de todas esas personas que nos aman sin medida y a las que solemos perder por no medir adecuadamente las formas en las que nos dirigimos a ellos.





Súper chulo.
Gracias amigo.
Muy bonito Manuel
Muchas gracias. Saludos.
Me encanta Manu
Muchas gracias amigo.
Una pasada.
Gracias amigo.
Es precioso. Me encanta
Muchas gracias Amiga.
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Me alegro Carmen.
Espectacular ole
Gracias cariño.
De lo mejor.
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Súper bonito. Es un lujo leer cada todo lo que escribes. Gracias por compartirlo
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Me encanta Manu
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Maravilloso 🤗
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Me encanta
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Una pasada Manu
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El día a día de la Sociedad de hoy es, en sí mismo, una obra de teatro. Pero es una otra de lo más paupérrima que uno se puede imaginar. El guión es tosco, en extremo pesado, poco reconfortante. Nos despertamos y le sonreímos al espejo no para que nuestra alma nos eleve, sino a fin de localizar alguna imperfección en los dientes. Antes de salir de casa para dirigirnos al punto de encuentro de siempre, nos ponemos la máscara de turno a la que tan acostumbrados estamos, que si se nos olvida, dejamos sencillamente de ser nosotros. Somos títeres de un titiritero. Los aplausos, a decir verdad, nos los damos nosotros e, incluso, estos son en ciertas ocasiones falsos. Desprovistos totalmente de energía positiva alguna. Más aún, los mismos sueños, que antaño eran lo que nos posibilitaba escapar de la realidad, se asemejan a esos dibujos tan planos y, a la vez, tan realistas del famoso dibujante Steve Cutts. La ceguera que mencionas, la hemos inventado, afianzado y, para colmo, endulzado nosotros mismos. A conciencia. Sin importarnos que nos priva todos los santos días de nuestro propio sino. Nos hemos convertido en meras cajas de cartón con ojos dibujados y un terminal portátil adherido en una de las caras. ¡Señores! ¡Despierten! ¡Amen! ¡Rían con el alma! Muchas gracias por esta preciosidad, Manu.
Muy bueno chaval. Muy bueno. Gracias.