Naturaleza que se abre paso entre la fría e inerte roca maciza, rompiendo su crueldad y adentrándose en lo más profundo donde nace mi adicción al adiós, desde donde acometo contra todo aquello que quiere permanecer demasiado tiempo a mi lado en mi otro mundo particular donde el rechazo aún no se ha inventado y el adiós se adhiere al oxígeno que transporta mi sangre hasta mi corazón; allá donde se va depositando lentamente como pequeños ladrillos con los que aquellos otros sentimientos van poco a poco levantando otro muro que se alza en paralelo a aquel que terminé de construir con mi adicción al adiós.
Creo, y solo para compartir una extraña obsesión en contar, buscar y acumular coincidencias con las que hallar en mi siguiente vida cosas parecidas entre sí, debido a que no existe nada en este presente que se pueda comparar a cualquiera de los miles de adioses que absurdamente tengo por costumbre ir añadiendo a mi muro.
Y me doy cuenta de lo poco que puedo hacer cuando mi peor y más cercano enemigo es mi propia cordura, la que arrincona y oprime con toda la fuerza que le imprime tener que comportarse ante una espontánea forma de no tomar nunca la decisión más adecuada.
Todo en esta vida se acaba marchando y lo único que permanece para siempre es el adiós con el que siempre te despides de todo.
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Muchas gracias por tu apreciado comentario amig@. Saludos.